Té de cola de rata y galletitas de suero de leche

Ilustracion por Gutti Barrios

Té de cola de rata y galletitas de suero de leche

by R. P. Sand

Traducido por Natasha Besoky

 

A mi pequeña y adorada Sinvergüenza:

Espero que esta carta te encuentre bien, que tus verrugas dignas de un premio estén más firmes e implacables que nunca y que en realidad no estés tan pequeña como indican mis palabras iniciales. Como dice el dicho: “Las brujas flacas son perras falsas”. ¿O era “engañosas”? ¿O “sucias”?

No importa. No quiero hacerte perder el tiempo (imaginemos que ya he marcado todas las casillas que corresponden a “elogios”) e iré directo al tema que nos atañe.

Sinvergüenza, mi perfecta y traicionera confidente, me he encontrado con lo que podría llamarse un limón: un horrible y amargo imprevisto en la vida de tu querida amiga. Y justo cuando me había entregado a una existencia monótona y ya estaba asentada en este pueblo con un nombre tan insulso y corriente que cualquier persona lo olvidaría al momento de oírlo.

“Con el tiempo, una vida tranquila te sentará bien”, me aconsejaste muy atentamente luego de nuestra última escapada mientras nos encargábamos de esa banda de duendes revoltosos a los que les encantaba interrumpir las fiestas de té. (Me disloqué la cadera en esa aventura y lamento decirte que cada vez que giro el cuerpo hacia la izquierda siento un crujido extraño que se obstina en impontunarme y no existe cataplasma, maldición o hechizo que pueda disuadirlo).

En aquel momento, consideraba que estabas en lo cierto y que mi jubilación sería gloriosamente mundana, y definitivamente así fue, hasta ahora.

Mi adorada Sinvergüenza, ninguna de las tantas aventuras que compartimos en las que robamos tesoros de dragones de las profundidades babilónicas, catapultamos centuriones hacia una Galia desprevenida o provocamos terremotos bajo un soleado Los Ángeles podrían haberme preparado para enfrentar la desgracia de La Vecina Efervescente y Generosa.

En realidad, fue mi culpa que nos hayamos conocido. La nefasta criatura se hace llamar Isabeth. Siempre va vestida de blanco (ya conoces a las de su tipo). Pero me estoy adelantando.

Un camión se detuvo una tarde de verano común y corriente, que habría olvidado si no hubiera cometido el desafortunado error de sentir curiosidad por la persona que iba a mudarse a la cabaña de al lado. Pude observar cómo una figura regordeta y llena de verrugas, con una nariz puntiaguda (que no le envidio, pero no me quejaría si me perteneciera), guiaba a un grupo de jóvenes dóciles sin habilidades mágicas que la asistían con la mudanza. Inmediatamente noté que el símbolo que se divisaba en su chal de color marfil pertenecía a un aquelarre casi tan antiguo como el nuestro.

Al principio, como puedes suponer, me ofendió que otra bruja hubiera decidido jubilarse y venir a este pueblo tan anodino que, de manera inconsciente, había reclamado como mi dominio. Pero luego me emocioné.

Mmm. Bueno… En realidad, no sería correcto decir que “me emocioné” en este contexto.

Verás, Sinvergüenza, por mucho que me guste intercambiar contigo estos pequeños pergaminos endemoniados, pensé que estar al tanto de los asuntos de otra bruja podría ser emancipador. No soy nadie para andar metiendo la nariz en los asuntos de los demás, como muy bien sabes, pero me produce una gran satisfacción saber a dónde van mis vecinos, con qué clase de personas se relacionan, si han cumplido con su deber, ese tipo de cosas, ¿entiendes?

Luego de que los de la mudanza se marcharan, me esforcé mucho por ignorar un defecto tan flagrante como el hecho de que usara un atuendo blanco (yo, ni muerta me dejaría atrapar en algo que no fuera de un sexy color negro, por supuesto) y, en aras de cumplir con mi deber como vecina, me presenté acompañada de mi famoso té de cola de rata y mis galletitas de suero de leche para darle la bienvenida.

Como era de esperar, Isabeth se mostró encantada de conocerme y de repente me llevó bruscamente hasta su cocina en donde no solo me agasajó con una serie de anécdotas brillantes sobre salvar niños, curación volcánica y vuelos en hipogrifo, sino que también me atiborró de cosas que recién había desembalado.

En cuestión de segundos, estaba de vuelta en la entrada de mi casa, con los brazos llenos de costosos ingredientes, entre los cuales se destacaba el ojo de monje, siempre muy difícil de hallar, aún aturdida por la reciente vorágine. Como era de esperar, entré y me serví una galletita de suero de leche recubierta con ojo de moje para darme un gusto.

Ahora bien, Sinvergüenza, tú sabes que yo no soy nadie para quejarme, pero incluso en aquel momento pensé que esta mujer era absolutamente sofocante. Me embarqué en una violenta y ferviente búsqueda por todo mi pequeño y acogedor refugio e incluso perturbé a las encantadoras telarañas que cubrían los cofres sagrados, aunque me disculpé una y otra vez con las arañas y las alenté para que no cesaran en sus esfuerzos y construyeran otras aún mejores. Buscaba alguna cosa que tuviera el mismo valor, o uno aún mayor, para regalárselo a la irritante Isabeth.

Incluso llegué al extremo de considerar un Rhenish que adquirimos en el siglo XVIII. ¿Recuerdas esa ocasión? Y cuando digo “recuerdas”, me refiero a si eres consciente de que ese periodo de tiempo realmente ocurrió, teniendo en cuenta que el Rhenish tiende a jugar con la memoria de la gente. Es muy bueno, entre otras cosas, para hacer cantar a los gatos.

Probé entonces su eficacia y le di de beber una o dos gotas a mi pequeño Confucio, que me impresionó con una interpretación impecable de la canción “Waltzing Matilda”. No es que pensara que el Rhenish no sería tan potente como el día en que lo adquirimos, pero siempre está bien verificar esas cosas, ya sabes.

Así fue como dejé un frasco en la puerta de Isabeth, con una tarjeta bañada en purpurina que rezaba: “¡Mil gracias por el ojo de monje y por todo lo demás! Eres muy amable. ¡Besos!” Me daban ganas de vomitar, pero estaba segura de que había equilibrado la balanza y que podía volver a la vida prosaica que yo misma me había forjado.

¡Ay, Sinvergüenza! Qué equivocada estaba. A partir de entonces, y durante un periodo de varias semanas, se llevó a cabo lo que solo puedo describir como una “agresiva competencia de regalos”.

A cambio de mi Rhenish, al menos una tonelada de enredadera Pixie se metió alegremente por las ventanas delanteras, que había dejado abiertas para que Confucio se ocupara de sus asuntos. Las hojas eran antiguas, perfectas y absolutamente radiantes. Era como si Isabeth hubiera accedido a una lista celestial de deseos que tomaran en cuenta los anhelos más íntimos de cada bruja, incluidos los míos. Yo estaba furiosa.

Para no ser menos, hice aparecer mi mejor cristal élfico para invocaciones, que permite traer a los elfos a este mundo y obligarlos a servir a la persona que lo tenga en su poder. Afortunadamente, todavía tenía los huesos de aquel oso Atlas que matamos.

Un par de días después, estaba devorando una deliciosa novela romántica cuando me vi interrumpida por una sinfonía resonante que se parecía al sonido que haría el azúcar si tuviera voz. Me abrí camino a tropezones hacia la puerta principal y me encontré cara a cara con una sarta de unicornios de cuerno plateado, lo que me llevó a asumir que Isabeth había solicitado la ayuda de los elfos para conseguirlos. Es una suerte que los seres no mágicos no puedan ver a estas magníficas criaturas, ya que sus cabriolas en la entrada y en el jardín delantero hubieran llamado la atención innecesariamente.

Gracias a lo que he esbozado en esta carta, confío en que ahora te hagas una idea razonable de lo que sucedió. Rivalizaría con el mismísimo Homero si tuviera la inclinación de detallar lo que deben ser, hasta ahora, docenas de intercambios, cada uno más espectacular que el anterior.

Y todo esto me lleva al día de hoy. Esta mañana desperté y me encontré en un castillo dorado. En las nubes. Si llegara a cruzar la puerta principal, sería como salir de mi humilde cabaña hacia nuestra calle, común y corriente, sin ningún rastro de las nubes o el castillo. Sin embargo, cualquier otra salida que tome conduce hacia un magnífico valle ondulado desde el cual puedo observar el mundo bajo mis pies de la manera más perfecta posible: completamente alejada de las corruptelas y los parloteos de la civilización humana. Estoy tan feliz como una niña en la víspera de su iniciación y tan consternada como una niña que, luego de su iniciación, descubre que la brujería es, de hecho, un trabajo que requiere mucho esfuerzo.

Por esa razón, te imploro que me ayudes, mi querida Sinvergüenza, ya que preferiría que las sanguijuelas demoníacas chuparan la piel de mis huesos a estar socialmente en deuda con una bruja del lado de las Buenas. Por desgracia, me muero por una idea, ya sea un encantamiento, un amuleto o un maleficio, cualquier cosa extraordinaria que tu osadía sea capaz de concebir, ya que no sé cómo voy a superar esto.

Te mando todo mi amor y mis reproches,

Portitia Wimbleduck

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